06/02/07

Neurótica atacada pero nunca despreciada

Sé que a los dieciocho me dio por volverme una pregonera de la auto-suficiencia femenina. "Yo no dependo de ningún hombre", digo cada vez que puedo, sobre todo cuando tengo la oportunidad de escuchar las historias de mis amigas, que por una u otra cosa sí decidieron asumir el "paquete" de una relación. Y me siento como plena, como satisfecha al decir que mis planes para mi vida solo necesitan de mi propio consentimiento y voluntad, ¿Que si las hormonas?... Pues me las comí o no sé dónde las dejé olvidadas; ¿Que si la compañía?... Yo misma no me abandono ni un solo instante... ¿Que si el afecto?... De esa vaina no se vive...
Después de haberme explayado en mi dignidad femenina -entiendan que estoy sola porque quiero y no porque me lo impuso cualquier especimen llamado 'hombre'-, también tengo que detallar el otro lado de la moneda. Es triste, pero hay que reconocer que suelo pertenecer al común de las mujeres, amarradas psicológicamente a un hombre, y sin derecho a pataleo. Aunque esté sola, aunque me burle de "Ausencio", aunque sermonee a mis amigas sobre que yo llego a mi casa a las 6 a.m. y no le rindo cuentas ni a mi mamá. No soy nadie sin un sostén -recordemos que la ausencia de sostén fue un ícono de las luchas feministas de los años 60 y 70-; me indigna que un hombre friegue en mi presencia -aún cuando yo de vaina y friego ahí chucuto- y al ver a uno de esos "dioses griegos" que se pasean por las calles de Caracas, tengo que respirar hondo y tratar de no perder la concentración.
Ayer vi a Roberto Messutti en la farmacia. Ahora lo recuerdo y me da risa lo idiota que una se pone en esa situación, cuando se supone que es requisito sacar la tigresa interna y batir el cabello frente a él, o hacerle ver que, aunque gordita, eres bella... A mi me dio más bien un ataque de risita como nerviosa, y mis piernas optaron por empotrarse al piso. Mientras tanto, Roberto se agachaba a ver unas cajitas de curitas, y ahí sí fue peor porque semejante panorama -no voy a caer en descripciones por este medio- me puso como muda. Y no pude ni pensar con Roberto Messutti enfrente mío, ¿por qué coño no me saldrá ahí la auto suficiencia?... Después de susurrarle a Mafi -mi hermana- que yo quería al menos un autógrafo de él, pero qué pena, vas y se lo pides tú y le dices que te llamas Lilia y me lo traes y yo te observo desde detrás de la puerta exterior de la farmacia. María Fernanda, haciendo gala de su real autosuficiencia -tiene dieciséis años-, fue, buscó la hojita de papel, el lapicero y a mí, y me arrastró hasta el frente de aquel tipazo, y procedió a presentarnos.

Luego de que hice algún comentario tonto sobre el repentino ataque de pena, paradójico, viniendo de una estudiante de Periodismo, y aquel hombre me dirigió la palabra seriamente, con algo más allá del "Hola mi amor", me dio ahí sí como un vaho similar a los calorones de la menopausia, creo yo. Luego de firmarme mi autógrafo y de -otro- besote, me fui de la farmacia apretando en el puño mi autografito, y recapacitando en mi lento despertar al feminismo autosuficiente, y de cómo los sentidos se me acababan de bloquear de una forma tan inexplicable. Aún no lo entiendo... Sobra decir que ayer dormí con la compañía del olorcito de Roberto Messutti en el cachete. Pero, que quede claro, que fue porque YO quise, no porque ningún especimen llamado 'hombre' me lo impusiera.

2 comentarios:

Jaime dijo...

¿Dónde dijiste que habían quedado las hormonas?

Lilia dijo...

... Pues, en alguna parte del primer párrafo, antes de ver a Roberto Messuti... Jejejeje